"Granizados de Mechita" - Historia de una sobreviviente del Terremoto de Ecuador. 
— Yo solo cerraba los ojos y pedía a diosito que calmara eso.

 

 Mechita recuerda cada momento. Piensa mucho en la muerte y no puede dormir bien. Cada pequeño movimiento le alcanza para pasar la noche despierta. Dormirse vuelve a costar. “Uno se acuesta con miedo, con temor de que todo vuelva a temblar”. Una noche hubo una réplica, Mechita estuvo despierta desde las 2 de la madrugada.

 

Mercedes tiene 62 años y nunca en su vida sintió eso. El terremoto la movió por dentro.

Hace 20 años que trabaja con su carro, vendiendo granizados en la playa de Pedernales. Pero desde el temblor, vende en la esquina de la Cruz Roja. Además de granizados (helados de agua), también naranjas y agua.

 

Todas las mañanas Mechita cocina el desayuno, y se pone a preparar los elementos de su trabajo. Cocina el caramelo para los sabores del granizado, pela y deja preparadas las naranjas y las pepas, saca el hielo del freezer. Mientas su compañero le ayuda a preparar el carro, le infla las cubiertas, le carga algunos elementos como sorbetes, la silla, la conservadora; y lo lleva hacia el puesto de la Cruz Roja. Mercedes, mientras tanto, limpia, acomoda, ordena la casa, como dice ella: “hace un poco de oficio”. Luego se instala en el carro.

 

Esa  esquina, donde están las carpas de la Cruz Roja Ecuatoriana, es el sitio más concurrido luego del terremoto. Allí se atienden  a toda la gente de Pedernales. Hay seis carpas, dando asistencia psicológica a niños, atendiendo urgencias, realizando operaciones, entregando medicamentos.

 

 —Ya no me quedan lágrimas, después del terremoto enterarse de todas las personas que uno conocía y diosito quiso llevárselas. Y acá en la Cruz Roja todos los días pasa algo, casi todos los días muere alguien, y mañana va a morir otra persona.

  

La gente la conoce. Desde el terremoto, pasa nueve horas al día en esa misma esquina. Mechi es consciente de la situación. A los familiares de las victimas les ofrece su agua; a los niños que vienen con pocas monedas les prepara igual sus granizados para que pasen mejor el tiempo. El tiempo transcurre de una forma extraña. Sus habitantes se acomodaron al nuevo cotidiano del desastre. Sí sus acciones son las mismas, el vínculo es otro. Transita una quietud convulsionada. Se respira cierta fragilidad en el aire de Pedernales, y esa esquina es el epicentro. Un adolescente llega herido de un disparo. Ayer a un hombre sufrió un infarto, hoy le toco irse a un niño. A Mechita le toca ver y saber todo lo que pasa cada día. Ahuyenta el miedo para tratar de dormir.

  

“Hacía media hora había vuelto de trabajar, estaba en mi casa en el piso de arriba. Todo empezó a temblar, las paredes iban de un lado a otro; parecía que se juntaban, venían para acá y para allá, me agarré de la columna de una puerta y ahí aguantaba. En un momento se me soltó la mano y antes de caerme logré agarrarme de nuevo. Fue un minuto el primer terremoto, no terminaba nunca”.

 

 “Pegado a mi casa hay una pared grande, alta, de la casa de al lado. Sus ladrillos comenzaron a caer y rompían las maderas del techo de mi casa, caían los escombros al lado mío, pasaban por al lado, yo solo cerraba los ojos y pedía a diosito que calmara eso”.

 

"Cuando termino todo estaba destruido, quise bajar las escaleras pero estaban rotas. Mi hijo que vive cerca llego enseguida y me ayudo a salir. Fuimos a la calle, las casas caídas, los postes de luz tumbados, la gente gritaba, corría, buscaban, lloraban."

  

Pero ahí sigue, la gente la conoce y le muestra mucho afecto también, y el lugar le queda cómodo para llegar de su casa cargando el carro, no tiene que bajar ni subir calles para llegar ahí, ya bajar y subir a la costa andando con el carro no puede, y en la situación que esta pedernales la costa no es un buen lugar para salir a vender, la gente ya casi no visita la costa por estos tiempos. Anda más preocupada por levantar o mejorar un poco su lugar de vida y los turistas no llegan a visitar. La cruz roja sí que es visitada por estos tiempos.

En la mañana se siente decaída. Desayuna pensando y cansada. Yo trabajando con este carro y vendiendo granizados junte y pude comprarme mi solar (terreno), construir mi casita, ya estaba bien, y ahora ya me toca vivir acá, en este piso de tierra que está muy húmedo, con las chapas de techo, igual yo sé que hay gente que está en peores condiciones, pero ya a esta edad, uno quiere estar tranquilo y un poco cómodo, yo solo le pido a diosito que me de 2 o 3 años más de buena salud para poder seguir trabajando bien, y ya luego poder también cobrar el bono de los jubilados.

—No pude volver a dormir, no es que me siento cansada igual, me siento como sin ganas de vivir

 

Pedernales, Ecuador. Julio 2016.